lunes, 19 de diciembre de 2016

Sobre las diferencias hombre-mujer y cómo el sistema las explota en beneficio propio



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"Ella (la iglesia) ha sido la madre y educadora de innumerables generaciones; su experiencias es única y, si se me permite decirlo, infalible." (Leonid Andréiev, El diario de Satanás, primera parte)

El sistema, a pesar de su permanente retórica feminista, es el último interesado en la consecución de una igualdad total entre hombres y mujeres, básicamente porque si esto ocurriera, se le acabaría el chollo.

Actualmente el sistema, a través del feminismo, explota de un modo demagógico y victimista las diferencias naturales (tanto físicas como psicológicas) entre hombres y mujeres con el fin de ganarse el apoyo incondicional de éstas; de tal modo que, al ganarse a las mujeres, todos aquellos hombres que aspiran a tener algún tipo de relación con ellas, no tengan más remedio que someterse al sistema. Si tales diferencias se borraran, el sistema de producción perdería un recurso tremendamente efectivo para someter la masculinidad a sus intereses.

El objetivo del sistema al utilizar el discurso feminista, no es el de separar totalmente a un sexo del otro (el sistema sabe que esto es igual de imposible que evitar que el ser humano sienta hambre), sino dificultar a los hombres el acceso a las mujeres. Al empoderar a éstas, aquéllos no tendrán más remedio que someterse al sistema de producción y aumentar su rendimiento si quieren estar a la altura de las expectativas de las mujeres, quienes, debido a este empoderamiento por decreto ley y a su natural hipergamia, ya no se conformarán con alguien con un estatus socioeconómico igual o más bajo que el de ellas. ¡Pura biopolítica aplicada a la producción capitalista!

A la larga, esta brutal estrategia de explotación podría provocar que muchos hombres acabaran perdiendo el interés hacia unas mujeres cada vez más exigentes e insoportables. Para evitar este inconveniente y poder seguir utilizando a su favor la sexualidad humana, el sistema promueve masivamente el erotismo (moda femenina cada vez más sugerente) y la pornografía (totalmente gratuita en internet), manteniendo así a los hombres constantemente excitados.

La promoción de la homosexualidad (usando la misma retórica victimista que el feminismo) no es una estrategia del sistema para convertirnos a todos en maricas, como sostienen algunos analistas, sino un medio para recuperar productivamente (reciclar) a aquellos que, por distintos motivos, no sienten atracción por el sexo opuesto (antiguamente este problema se resolvía promocionando la vida monacal). Además, gracias a la retórica victimista del homosexualismo, el sistema consigue ganarse el apoyo de los homosexuales para acomplejar aún más a los hombres heterosexuales, aumentar su sentimiento de culpa y, así,  conseguir esclavos amedrentados y dóciles. Como ya he dicho al principio, el sistema no está interesado en que hombres y mujeres pierdan el interés por el sexo opuesto, o en convertirnos a todos en seres andróginos, pues si lo hiciera, perdería la oportunidad de seguir manipulando a su favor algo que, hasta ahora, le ha venido dando excelentes resultados. Si las relaciones homosexuales fueran masivas, la productividad descendería considerablemente: ya no habría más hombres bravucones dispuestos a lo que fuera por complacer los estúpidos antojos de damitas caprichosas.

Algo parecido pasa con el matrimonio y la familia. A pesar de la aparente crisis de ambas instituciones, el sistema es el mayor interesado en que las dos perduren lo máximo posible en el tiempo. No es casualidad que, en su día, se pusiera tanto empeño en la promoción del matrimonio también entre los homosexuales. Nada mejor que la familia (ya sea coparental o monoparental) para programar a los hijos en los valores del sistema, pues el mayor interés del 99 % de los padres (sobre todo si se trata de padres biológicos) será siempre la supervivencia de sus vástagos, y harán todo cuanto esté en su mano por "adaptarlos", para que no se conviertan en rebeldes antisistema o en anacoretas vagabundos. Por otra parte, los hijos suelen ser el saco en el que los padres "descargan" (consciente o inconscientemente) una buena parte de sus frustraciones existenciales, lo cual termina siempre traumatizando de un modo u otro a aquéllos. Estos traumas infantiles, que resultan de gran utilidad al sistema para manipularnos a su antojo, sólo pueden ser introducidos en los individuos a través de la institución familiar (por ejemplo, el complejo de Edipo). Además, un hombre casado, con una mujer a la que satisfacer y unos hijos a los que alimentar, es un hombre cogido por los cojones, dispuesto a sacrificar lo que sea (incluida su dignidad personal) por el bienestar de su familia; se podría decir que es casi tan fácil de manipular como un yonqui.

Cambiar algo que lleva funcionando tan maravillosamente bien durante siglos, sería de estúpidos; lo único que hay que hacer es adaptar las cosas a los inevitables cambios que se van produciendo. Y si lo que se quiere es aumentar la producción, se hará siempre de tal modo que no se altere la esencia de esta milenaria y efectiva mecánica.

Antiguamente, la religión era un método muy eficaz para canalizar la sexualidad masculina en favor del sistema, pero en nuestros días, y debido a diferentes razones (principalmente debido a que el misticismo religioso no encaja demasiado bien con el espíritu práctico del capitalismo o del socialismo), ha perdido completamente su utilidad, por lo que era necesario inventar otro método que se adaptara a los nuevos tiempos y cumpliera la misma función represiva... así surgió el feminismo. Como ya he dicho al principio, el sistema, a través del feminismo, no pretende borrar totalmente las diferencias entre hombres y mujeres, entre otras cosas, porque no le interesa, se le acabaría el chollo, algo parecido a lo que le hubiera pasado a la iglesia si no hubiera podido recurrir al "comodín" del demonio. La verdadera finalidad del feminismo es la misma que la de la religión: contener los impulsos sexuales masculinos -sin anularlos del todo- y canalizarlos según los intereses del sistema.

La victoria de Trump en las últimas elecciones estadounidenses viene a confirmar todo esto. El sistema tenía una oportunidad única de dar un paso más en la feminización de la sociedad poniendo a Hillary como presidenta de EEUU, sin embargo, finalmente optó por el candidato masculino, pues ello le permitirá seguir explotando durante otros cuatro años más la efectiva estrategia del victimismo feminista.

La finalidad de hacernos creer que las relaciones heterosexuales o la familia están en crisis no es otra que la de hacer creer a los hombres que el coño se encuentra en peligro de extinción, generando con ello ansiedad entre éstos y haciendo que sean ellos mismos los que voluntariamente se pongan las cadenas (o las esposas). Nunca antes el nivel de baboseo de los hombres hacia las mujeres había sido tan vergonzoso como lo es en la actualidad, tal y como se puede apreciar echando un vistazo a las redes sociales o saliendo un sábado por la noche por los garitos de moda; esto permite al sistema contar, en todo momento, con una legión de fanáticos huelebragas dispuestos a lo que sea con tal de catar coño, convirtiéndose así en prácticamente indestructible.

El capitalismo, como buen sucesor que es del calvinismo judeocristiano [1], concibe la existencia humana como una deuda, y hará todo cuanto esté en su mano por hacértela pagar con sangre, sudor y lágrimas, hasta el final de tus días. Las mujeres, las comodidades materiales o el anhelo de reconocimiento social son algunos de los cebos preferidos por el sistema para cobrarse esta deuda.

Notas:
[1] Max Weber "La ética protestante y el espíritu del capitalismo"

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